Hace mucho tiempo, en el sur de África, había una selva muy tupida rodeada por el verde mar de la sabana, desde los límites de la selva, el monito Gu Gu gustaba a diario de subirse a la copa del árbol más apartado y mirar hacia el infinito, perdía su vista en la inmensidad de la sabana y soñaba con otras selvas, con otros mundos más allá del horizonte.
Solía recorrer la selva de un estremo a otro y siempre se subía en los mismos arboles, pasaba horas mirando al horizonte en los cuatro puntos cardinales de su selva. Un día al llegar al extremo norte de la selva, vio consternado que su árbol no estaba, bueno, si estaba, estaba tirado en el suelo, no le dio mucha importancia, buscó un nuevo árbol y perdió su vista y sus pensamientos de nuevo en el infinito de la sabana.
A los tres días, de nuevo en el extremo norte, vio que su nuevo árbol había desaparecido, no solo su nuevo árbol, sino todos los arboles colindantes también, estaban todos en el suelo, ¿a qué se debía?, no lo sabía, pero estaba convencido que aquel suceso acabaría por influir en su vida y en la de toda la comunidad.
El paso de los meses confirmó el presentimiento de Gu Gu, Los árboles de la parte norte desaparecían a diario de una forma alarmante, a ese ritmo pronto no habría selva, le transmitió sus inquietudes a Gu, jefe del grupo y este respondió que no tenía ninguna importancia, que ya vería, que todo volvería a la normalidad, pero de hecho las cosas no fueron así
En cuestión de un año, la selva de Gu quedó reducida a una tercera parte de su tamaño originario y lo peor no era que empezaron a escasear los alimentos, sino que la destrucción de los árboles continuaba, pronto no habría ni árboles ni comida
Gu reunió al grupo para tratar el asunto, y decidieron abandonar el hogar de sus padres, habría que buscar una nueva selva, habría que busca un nuevo hogar. La cuestión era, ¿hacia dónde ir?, Gu quería ir al sur, los árboles desaparecía de norte a sur, pero Gu Gu quería ir al norte, a buscar el origen del cambio, al final prevaleció la opinión del jefe Gu.
Una mañana el grupo abandonó la tierra de sus ancestros rumbo a lo desconocido.
Todos estaban nerviosos y asustados hacía varias horas que había dejado de ver su selva y ahora estaban sumergidos en un mar de hierba en la sabana, solo podía ver hierba a su alrededor, además estas eran más altas que ellos y no veía nada. Entonces a Gu Gu, se le ocurrió erguirse sobre sus patas traseras para así poder ver por lo alto de la hierbas y así pudo observar a lo lejos unas grandes rocas que sobresalían justo enfrente de ellos, a su derecha, un poco más cerca había un par de árboles solitarios, sin duda restos de una antigua selva como la suya y justo detrás de ellos, como a la misma distancia de las rocas se veía que algo se aproximaba hacia ellos velozmente, Gu Gu mostró su idea a todo el mundo y enseñó lo que había descubierto, todos se irguieron y vieron lo que Gu Gu les contó, la cosa que venía por detrás seguía acercándose rápidamente y decidieron que era mejor correr hacía los arboles, fuera lo que fuera lo que se les acercaba tan rápidamente no debía de traer muy buenas intenciones y pensaron que desde los árboles tendrían más posibilidades, así pues hacia los arboles se dirigieron.
 Cada cinco o diez metros se erguían para ver el progreso de su perseguidor, no llegarían a los árboles, pero para su sorpresa, el rastro desapareció.
Continuaron corriendo hacia los árboles y de repente, un gran felino melenudo saltó sobre ellos desde la izquierda y se llevó entre sus fauces a Gur, el león los había alcanzado, todos se quedaron petrificados, Gu Gu se irguió y vio como el león se alejaba con el desdichado Gur, Gu, grito
—A los arboles—y metros después llegaron a la seguridad de estos.
La situación era dramática, no tenían comida, no sabía dónde estaban y un león los acechaba, ¿qué hacer?
 Solo podían hacer una cosa, seguir hacia adelante, su próximo objetivo sería las rocas y desde allí ya decidirán. Se encaminaron hacia las rocas, cada 5 o 10 metros se erguían y miraban a su alrededor, no se veía nada, lo conseguirían.
Pero no sería tan fácil, de nuevo divisaron al león, de nuevo les atacaba, de nuevo corrieron hacia las rocas, pero esta vez nadie se irguió para mirar, todos corrían hacia las rocas, ya casi había llegado, había gran cantidad de piedras por el suelo, unos metros más y estarían a salvo, por lo menos eso pensaban, Gu Gu se irguió para mirar y al hacerlo se quedó regazado, vio que el león se le abalanzaba con las fauces abiertas, vio los afilados y terribles dientes del león que pronto le morderían, estaba perdido.
 ¿No?, Gu Gu, en un acto instintivo cogió una de las piedras del suelo, se volvió a erguir y se la lazó al león con todas sus fuerzas, el proyectil impactó sobre el ojo derecho del león y este se detuvo y se restregó el ojo con su pata, Gu Gu comprendió al instante lo sucedido y volvió a coger una piedra y volvió a lanzársela al león, este estaba aún aturdido y confuso cuando recibió un nuevo impacto. Desde las rocas sus compañeros observaban atónitos la escena, fue Gu el primero en imitar a Gu Gu y comenzar a lanzar piedras contra el león, pronto todo el grupo se unió y el león tuvo que huir para no perecer lapidado, Gu Gu se había salvado del león y no solo eso sino que además le había dado una nueva esperanza a su grupo, gracias a Gu Gu, el grupo podía detectar los peligros irguiéndose sobre sus dos patas y gracias a Gu Gu, el grupo sabía como defenderse de los predadores, hasta donde llegarían… hasta la Humanidad.

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Manuel Lara, escritor apasionado de la historia. Es Diplomado en Mitología por la Universidad de Harvard en Edx, donde estudió con Gregory Nagy y la de Pensilvania en Coursera donde estudió con Peter Struck. También es diplomado en Historia por la Universidad Hebrea de Jerusalen donde estudio con el Dr Harari.
Ha escrito libros de novela histórica como Las laderas del Parnés o La morada de Tántalo, ensayos como Camino de Maratón, La última década o Cuentos cavernícolas.